El mensaje es clave, pero la narrativa es vital

Al igual que Don Quijote, los políticos también necesitan salir a luchar contra de alguien. No se puede hacer política sin la existencia de un villano, de un demonio que encarne o represente algún mal que afecte a la ciudadanía o a un sector vulnerable.

La narrativa no es el mensaje. Es el marco que lo contiene.

La manera más fácil de contar una historia es aprovechar las historias que nuestras audiencias ya tienen en sus cabezas. Los marcos de referencia o esquemas que ya usan para darle significado a las cosas que ocurren en sus vidas y a la información que consumen.

A través del lenguaje podemos activar o priorizar ciertas historias que nuestras audiencias conocen y usan para simplificar sus vidas, armar sus prejuicios y tomar decisiones.

Al usar un símil, una metáfora o una alegoría es posible introducir con mayor facilidad una idea en el sistema de creencias existente de nuestras audiencias. Incrementa la probabilidad de que mi historia sea oída, recordada, entendida y repetida.

Los ámbitos de nuestras vidas a los que dedicamos menos atención y tiempo son más propensos a ser ocupados por historias sencillas, simples, muy similares a las que hemos consumido desde que somos pequeños.

Las metáforas que encontramos los cuentos infantiles, en las series de televisión y en la literatura universal, ofrecen marcos que usamos para darle sentido a nuestras vidas. Muchas de estas historias tienen, como lo explican desde Lippman (1922) hasta Lakoff (2008), personajes centrales que se repiten una y otra vez y que nos ayudan a entender muy rápidamente quién es quién en una historia.

En estas historias siempre hay un héroe, un villano y una princesa o víctima a quien salvar.

Las buenas historias en política tienen un “héroe” que está dispuesto a hacerlo todo para salvar a una “princesa” de un “villano” perverso con el uso de un “talismán”. En ocasiones el “héroe” cuenta con la ayuda de un “mentor” o “ayudante” que hace su misión posible.

Esta forma de ver la narrativa en política no solo es útil para asignarle al político un rol dentro de la historia que él quiere contar sino también sirve para que sus receptores, los ciudadano o su electorado, comprendan la historia y se sientan identificados con el rol que tienen dentro de ella.

Cuando un político, de gobierno o en campaña, construye una narrativa con estas características, y le asigna el lenguaje de historia familiar y emocional correspondiente, incrementa las probabilidades de que su punto de vida sea oído, comprendido, recordado y compartido.

Toda buena historia tiene un buen villano

En efecto, al igual que Don Quijote, los políticos también necesitan salir a luchar contra de alguien. No se puede hacer política sin la existencia de un villano, de un demonio que encarne o represente algún mal que afecte a la ciudadanía o a un sector vulnerable. Al definir a un villano al cual combatir facilita al político un rol en la configuración de la narrativa que quiere contar a su electorado.

Un buen villano debe tener  patas, cuernos y cola; es decir, debe ser concreto. Que exista una imagen o símbolo claro y compartido que pueda evocar al momento de dirigirse a los ciudadanos.

Un ejemplo de buen villano, es decir, concreto, general y con alta carga simbólica son las FARC del ex presidente de Álvaro Uribe. Ese terrorismo inexplicable que se manifiesta en secuestros indiscriminados, inseguridad en la soledad de las carreteras colombianas, hombres y mujeres de brazaletes y uniformes que representan buena parte de las imágenes compartidas de de la violencia, el secuestro, la quemadura de oleoductos y la violencia en el campo.

Otro buen villano son las “mafias” de Gustavo Petro. Sombras sin color que representan la inequidad, el robo de grandes contratos, el monopolio del transporte público y el negocio de las basuras. Grupos de ricos, oscuros, hijos de la oligarquía de la ciudad a quien se le puede culpar por casi cualquier mal.

Un mal villano es aquel villano abstracto. Un villano general que no ocupa un lugar definido en nuestras cabezas. Por ejemplo luchar contra la ignorancia, si no se tiene un símbolo o una imagen que la represente es como pelear contra el aire. Otro ejemplo de un mal villano es la mediocridad, mientras esta no sea aterrizada en una imagen concreta para el ciudadano es muy complicado que esta sirva como villano.

 

A los tecnócratas les encantan los villanos malo, los que sólo tienen significados en los CONPES y en las evaluaciones de políticas públicas y que poca cabida tienen en los cuentos de hadas o de jóvenes magos. Lastimosamente, los últimos son los más útiles.

Toda buena historia tiene a alguien a quien salvar

Así como toda buena historia política debe tener buen villano, también debe tener una buena “princesa” o una “doncella” a quien salvar. Si la metáfora resulta machista y se siente más cómodo pensando en una buena “víctima” como la propone Lakoff, sirve igualmente.

Esta “doncella” normalmente tiene que representar a algún sector de la población que deba o necesite ser salvado de las garras del villano. Un ejemplo de una “doncella” perfecta son los niños en la historia que nos contaba la fallecida Senadora Gilma Jiménez del Partido Verde. Su “doncella” eran los niños indefensos víctimas de violadores de menores de edad.

El tener claro quién es la víctima de la historia le da claridad al político y al ciudadano sobre la historia que le estoy contando, qué represento yo como héroe y cuáles son mis prioridades en materia de política pública.

Toda buena historia tiene un héroe

En todas las historias políticas exitosas siempre existe un héroe quien es llamado por sus cualidades a luchar contra un “demonio” que viene causando daño a una “doncella”.

El político siempre tiene que presentarse como la única persona capaz, por sus cualidades, de defender y luchar a esta doncella. Así se presentó Álvaro Uribe cuando se lanzó por primera vez para ser presidente de Colombia. Se presentó como la única esperanza que tenía el pueblo colombiano para librarse del flagelo de las FARC.

Para eso, nos prometió que tenía una fórmula mágica. Un talismán: La Seguridad Democrática.

Toda buena historia tiene un talismán

El héroe no puede cambiar la situación de la princesa sin una varita mágica, sin un talismán, sin un arma secreta. Este talismán da cuenta de la capacidad del héroe para salvar a la princesa. Gracias a este objeto preciado, él o ella, y nadie más, tiene mayor probabilidad de derrotar al villano.

La política de seguridad democrática, la Bogotá Humana, el referendo para aumentar las penas de violadores de niños, son todos talismanes exitosos que cierran la historia de estos políticos.

Una buena historia permite ocupar un lugar en la mente de los ciudadanos. Contar siempre la misma historia, representar al mismo héroe, simplifica al trabajo de contarle a los ciudadanos lo que represento, lo que busco, lo que pretendo lograr si salgo elegido y lo que se puede esperar de mí ahora que he sido nombrado en un cargo.

El mensaje es clave, pero no significa nada si no le ofrezco a los ciudadanos unos ganchos para que quede bien ajustado en su mente. La narrativa cumple esa función.

Juan Fernando Giraldo y Javier García.